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Tucumanos
versus santiagueños, mendocinos versus sanjuaninos,
chaqueños versus correntinos. Las rivalidades
son clásicas, pero ceden cuando se plantea la
dicotomía de oro: todos contra los porteños,
algo que puede comprobar cualquier ciudadano de Buenos
Aires que viaja unos cientos de kilómetros tierra
adentro.
¿O
deberíamos decir porteños contra todos
porque los conflictos de identidad suelen partir de
que nosotros (los porteños) tenemos la
posta o el summun de las cualidades, enfrentados a unos
otros de los que mejor no hablar, mire, vea.?
Las certezas comienzan a caer cuando, pese a tanta paja
en ojo ajeno, la viga del nuestro termina por hacerse
inocultable.
En
su trabajo Plaza Grande y Plaza chica: Etnicidad
y poder en la Quebrada de Humahuaca (en Cultura
e identidad en el Noroeste argentino. CEAL, Buenos
Aires, 1994), Gabriela Karasik señala que esa
oposición ante Buenos Aires como un enemigo
común responde al discurso de las oligarquías
norteñas. Pero ¿es tan así? O,
mejor dicho, ¿es exclusivamente así? A
los "nosotros" porteños, ¿qué parte
nos toca en este juego de exclusión?
Hay
muy buenos y sesudos trabajos sobre el tema. Este no
es el caso: se trata de la simple narración de
un aprendizaje realizado durante doce años de
trabajo en una revista dominical de varios diarios provinciales
(cuya Redacción -¡oh, paradoja!- funcionaba
en la ciudad de Buenos Aires) y de la observación
de los llamados diarios nacionales. O sea, la
comprobación de que, sí, hicimos bastante
para merecer esto.
24 de marzo de 2004
Antes,
un pequeño ejercicio: pocos dudan, aun quienes
plantearon la manifestación en horas de la tarde
en Plaza de Mayo como muestra de disconformidad con
la ceremonia oficial, acerca de la importancia del acto
del 24 de marzo ante la ESMA. Por su valor simbólico,
por la carga emocional compartida, por la reinvindicación
de la memoria, por su contenido como hecho político...
La
pregunta es: sin dejar de reconocer que ambos actos
fueron principalísimos, ¿alguien sabe
qué ocurrió en otras ciudades del país?
¿Que en Catamarca se hizo la conmemoración
ante una casa de Gobierno cuyas puertas estaban cerradas?
¿O que en La Rioja ( la tierra de Menem ) el
gobierno pretendió organizar un acto a la misma
hora que el de las Madres riojanas, pero que debió
suspenderlo ante el repudio que generó la idea?
¿O que en Tucumán (¡Tucumán,
nada menos!) este 24 se hizo el primer reconocimiento
oficial para con los desaparecidos? ¿O que las
cinco mil personas que marcharon en Neuquén -en
ejercicio de activísima memoria- hicieron una
pausa en la plazoleta dedicada al conscripto Omar Carrasco,
como para recordar que bajo gobiernos democráticos
el Estado continuó cometiendo crímenes?
¿O que hubo varios actos en Jujuy, en cuyo Parque
de la Memoria recordaron a los desaparecidos de esa
provincia?
Es
muy simple: si algo no ocurre en Buenos Aires, no existe;
si no se dice desde Buenos Aires, no tiene entidad.
Mil distintos tonos de verde
La
revista en cuestión se llamaba Nueva (se
llama, pero la actual pertenece a otra empresa editora)
y fue creada en 1991. En su mejor momento –a tres
o cuatro años de su aparición- su tirada
superaba los setecientos mil ejemplares por semana:
en ese entonces, la segunda dominical del país,
lo que no es moco de pavo.
Si
un periodista o colaborador de Nueva viajaba
a Mendoza, Tucumán, Neuquén o a cualquier
punto de medio país, era recibido con los brazos
abiertos porque los lectores estaban orgullosos de su
revista. Eso sí, cuando acá (acá
es la ciudad de Buenos Aires), alguien decía:
"Trabajo en revista Nueva", nueve de cada diez
respuestas consistían en dos preguntas: "¿Una
revista Nueva? ¿Cómo se llama?".
Y no sólo gente de otra profesión, sino
periodistas, que se supone estamos informados...
Para
ser sincera, eso no siempre fue así, costó
un par de años lograr ese sentimiento de pertenencia
en los lectores. Los primeros tiempos -pese a la bienvenida
que tiene cualquier publicación que llega con
un diario por el mismo precio-, la sensación
era de que se les imponía otro producto porteño.
Otra vez sopa.
Los
lectores tenían razón. Solemos creer que
las cosas pasan en Buenos Aires y ellos están
podridos de que los ninguneemos, porque en las provincias
hay movidas, y muchas (y no sólo ¡faaaa,
la movida rosarina! o alguna otra rareza, sino infinidad
en cualquier ámbito, pero que no tienen la ayuda
de algún contacto en Buenos Aires).
También
están podridos del pintoresquismo, de que las
provincias sean los paisajes de Catamarca con infinitos
tonos de verde; de que la nota de color sea el
artesano que vive en el encantador enclave que parece
detenido en la historia o los chicos que recorren kilómetros
para llegar a la escuela. O, en contrapartida, de nuestra
sorpresa porque los primeros movimientos piqueteros
hayan surgido en Cutral-Co o en Mosconi, cuando esas
localidades llevaban años destrozadas sin que
lo hubiésemos advertido.
Porque
de lo que –en definitiva- están repodridos
esos otros es de cómo cabalgamos entre
la prepotencia y el paternalismo, de la manera en que
nos adueñamos de la identidad nacional (si es
que hay una sola) y convertimos en argentino
lo que simplemente es porteño.
¿Qué Capital? ¿Resistencia?
Contaba
que costó un par de años lograr que los
lectores sintieran la revista como algo propio. Llevamos
tan incorporada la mirada desde arriba, la centralidad
porteña que sin darnos cuenta pregonamos a cada
rato nuestra porteñidad: "En el barrio de
Belgrano..." ¿Cuál, el de Córdoba?
¿Cuántas ciudades tienen un barrio
de Belgrano? "En Capital...", "En el interior del país..."
¿Qué Capital? ¿Qué interior?
Todas las provincias tienen una capital y su interior
(y las propias tensiones entre una y otro).
En
Nueva tuvimos forzosamente que hacer ese aprendizaje,
pero los medios considerados nacionales ni eso.
Clarín y La Nación, que comparten la propiedad
de La Voz del Interior (Córdoba) y Los Andes
(Mendoza), reproducen con más frecuencia información
generada en las otras redacciones, pero hasta por ahí
nomás... Basta ver cualquier tapa o comparar
la proporción de noticias porteñas o del
Gran Buenos Aires en relación con las provenientes
del resto del país (que, al fin y al cabo, engloba
a más de la mitad de sus habitantes). La proporción
se comprende porque venden principalmente en Buenos
Aires y Gran Buenos Aires, pero ¿por qué
esa pretensión de nacionales por el solo
hecho de ser porteños?
El
aprendizaje también involucró otros aspectos.
La mirada sobre nuestra Historia, por ejemplo. Si por
acá pensamos en un cobarde, ¿qué
nombre viene primero a la cabeza? El del Marqués
de Sobremonte, quien huyó para poner el
tesoro a buen recaudo. Si invertimos la idea y le preguntamos
a un cordobés quién fue Sobremonte, probablemente
dirá que fue uno de los mejores gobernadores-intendentes
que tuvo la región y que cuando viajó
a Córdoba, con la idea de poner a recaudo el
tesoro y regresar a Buenos Aires con más milicias,
fue abandonado en el camino por las tropas que lo seguían
(y dejaron el tesoro tirado) y si llegó a Córdoba
fue sólo gracias a la compañía
de unos pocos cordobeses que le fueron fieles.
O
preguntemos a un norteño qué sabe de Juan
José Castelli y su Ejército Auxiliador
del Norte. Es probable que la respuesta gire alrededor
de matanzas y vandalismo.
La
Junta Grande, triunfo de la rama conservadora para la
visión porteña (lo que es cierto, sin
duda), significaba la incorporación de representantes
de las provincias en un gobierno hasta el momento exclusivamente
porteño (los integrantes de la Primera Junta
nacidos en otras regiones se habían aporteñado).
Y mejor no hablar del usufructo de la Aduana y de las
prerrogativas del puerto de Buenos Aires...
A bajarse del caballo
Por
seguir con el ejemplo dado por Karasik, ella hablaba
del discurso oligárquico que, en el Norte, oponía
u opone a jujeños pacíficos y porteños
soberbios. A fin de cuentas, esa oligarquía
venía de sufrir un buen susto con la rebelión
de Túpac Amaru y los Catari... Pero no nos vayamos
a creer en el cuentito de que ése fue uno de
los antecedentes de la Revolución de Mayo : la
rebelión (cuya historieta termina para nosotros
con el descuartizamiento de Amaru) duró varios
años y sus coletazos se hicieron sentir hasta
en Mendoza, pero para los porteños fue cosa de
indios y no mucho más, tan entusiamados que estaban
con las ideas que venían de Europa.
Quiero
decir: lo que plantea Karasik es real, es así,
lo que no impide reconocer qué parte nos toca
a los porteños en el asunto. Las sociedades tradicionales
de la mayor parte del país son conservadoras;
muchas tienen una doble moral que no parece haber cambiado
en décadas. Pero... ¿y los porteños
no? ¿Qué significado tienen las multitudes
que hace poco casi pedían la pena de muerte y
que todavía hacen circular el peligroso petitorio
de la cruzada por Axel?*
Buenos
Aires es hermosa. Tiene la fascinación, las posibilidades
de las grandes ciudades y -pese a tanta diatriba- ese
aire europeo que la hace única ¿Qué
decir? Es ciudad amada y detestada a la vez. Pero no
vendría mal que los que vivimos acá nos
corramos del monopolio del pensamiento, que dejemos
de asumir los términos argentino y porteño
como sinónimos y que, así como nos jactamos
de nuestro cosmopolitismo producto de haber venido de
los barcos, reconozcamos que nuestra identidad es sólo
una más de las que conforman el país.
Simplemente eso: que nos bajemos del caballo. Con el
tiempo podríamos hacernos merecedores de otra
cosa que una mueca de desprecio.
Podemos
pensar que es un malentendido histórico, producto
de la dicotomía Buenos Aires-provincias. Y, sí,
básicamente la cosa empezó hace más
de dos siglos, cuando una ciudad y puerto de contrabandistas
fue erigida en Capital del Virreinato para facilitar
el tráfico de riquezas hacia España. Siguió
con una revolución impuesta, por loables que
hayan sido sus fines -los loables, claro, que también
hubo de los otros-, a sangre y fuego (pregunten a cualquier
norteño qué imagen tiene del benemérito
Juan José Castelli y de su Ejército Auxiliador).
Después, el monopolio aduanero... ¿seguimos
enumerando?
*Axel Blumberg fue un joven
secuestrado y asesinado recientemente en la Provincia
de Buenos Aires por una banda que tenía nexos
con las policías Bonaerense y Federal y los negocios
sucios del Servicio Penitenciario de la Provincia de
Buenos Aires
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