Amanda Paltrinieri es una periodista baquiana, como a ella le gusta definirse. Esto quiere decir que se formó en la cocina de las redacciones, cabalgando sobre máquinas de escribir y respirando olor a tinta. Trabajó en Diario Popular, La Razón y, desde hace once años, en Nueva (una revista dominical que sale en varios diarios de la Argentina y de la que es editora). Ahora está embarcada en la creación de una comunidad virtual de lectores de Nueva, proyecto que espera lanzar próximamente. Allí estaremos.

En medio de los acontecimientos, en el ojo del huracán, resulta difícil hacer un análisis sereno. Pérdida del crédito internacional, confiscación de los depósitos bancarios, un nivel de desocupación no sólo alto sino de crecimiento casi exponencial, estado de sitio, una respuesta espontánea y masiva ante esa amenaza que concluyó con la caída del ministro Domingo Cavallo -primero- y del gobierno de Fernando De la Rúa al día siguiente, la organización también espontánea (al menos en sus comienzos) de las asambleas vecinales en la Capital Federal y su propagación a las provincias, dos presidentes provisionales y dos elegidos por la Asamblea Legislativa, reclamos de juicio político a la Corte Suprema, rumores de golpe de Estado, crisis de crecimiento en las asambleas, pánico -y las consiguientes amenazas y agresiones- por parte de los caciques locales de las viejas estructuras partidarias peronistas y radicales. Todo eso -más lo que pueda haber quedado en el tintero- en menos de cuatro meses.

Como decíamos, en el centro de la tormenta es difícil realizar un análisis sereno. Dentro de las tantas aristas que tiene el fenómeno Argentina, una muy importante para estudiar es el papel que jugó Internet en esta situación cuyos alcances y evolución todavía no podemos precisar. Porque la Red no sólo funcionó -y funciona- como medio de comunicación, sino que también se ha convertido en campo de batalla.


En el principio fue un mail

Volvamos un poco a aquellos días de diciembre, cuando comenzaban a oírse las primeras protestas aisladas en los barrios. El corralito de Cavallo afectaba no sólo a los ahorristas sino a los pequeños comerciantes y a los trabajadores en blanco, cuyos salarios han sido bancarizados desde hace tiempo.

Habría que aclarar que, con respecto a los ahorristas, el 96% de los depósitos confiscados no superaba los diez mil dólares (si subimos el tope a cincuenta mil, estamos hablando del 98% de los depósitos). O sea, que se trata en su mayoría de dinero provenientes de ahorros genuinos, indemnizaciones por despidos o por fallecimiento, productos de ventas de viviendas que eran guardados para una compra posterior. En general, dinero -digamos- no especulativo. Ése ya había salido del país durante todo 2001.

¿Por qué tantas aclaraciones? Si nos limitáramos a la información ofrecida por los medios de comunicación tradicionales, podríamos llegar a creer que el gobierno de De la Rúa cayó por la furia de los depositantes que querían que se les devolviese su dinero: una verdad a medias que por eso mismo termina siendo mentira.

La aclaración es necesaria para entender que el corralito fue sólo una gota, y ni siquiera la que colmó el vaso, y comprobar de qué manera la protesta -que tomó por sorpresa a muchos descreídos-, en un principio inorgánica hasta que se llegó al clímax del 19 de diciembre, fue articulando su contenido gracias, entre otras cosas, al uso de internet como herramienta de comunicación.

En esos días -cuando recién nacían las primeras asambleas vecinales a partir de grupos de vecinos que se vieron la cara durante dos o tres cacerolazos en alguna esquina clave del barrio-, comenzaron a circular cadenas de mails con datos más o menos precisos, más o menos actualizados, más o menos veraces, sobre distintos tópicos: direcciones electrónicas de diputados y senadores nacionales, beneficiarios de jubilaciones de privilegio, llamados a movilizaciones contra la Corte Suprema, funcionarios o empresas privatizadas.

Así como en algún momento los medios tradicionales ocuparon el lugar de la Justicia por su capacidad de denuncia, en el cacerolazo la Red llenó el vacío que dejaron los medios. Salvo honrosas excepciones, los medios desinformaron acerca de las jornadas del 19 y 20 de diciembre. Cubrieron los acontecimientos, sí, pero siempre bajo el manto de la protesta contra el corralito. Todavía hay que explicar, especialmente a los extranjeros, que esa movilización nocturna, espontánea y masiva que volteó a Cavallo y a De la Rúa no fue producto del corralito sino del anuncio del estado de sitio: apenas terminó el discurso presidencial, a la hora de la cena, la gente salió a la calle.

Entre tanto, las cadenas de mails daban cuenta de que nacía tal o cual asamblea, de que en tal o cual provincia también había movilizaciones, de que los diabéticos corrían peligro de muerte por la falta de insulina, de que tal o cual hospital no tenía medicamentos. En esas cadenas se comenzaba a unir los fragmentos del rompecabezas que todavía es nuestro país. Ningún diario ni canal de televisión pudo o tuvo la intención de vincular todos los acontecimientos para dar una idea cabal del estado de movilización generalizado en que está la Argentina, desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego.


Y después los sitios web

A principios de enero, en Buenos Aires, se realizó la primera asamblea interbarrial, a la que fueron respresentantes de veintiséis asambleas autoconvocados mediante Internet o por teléfono. La falta de cobertura periodística no fue problema: gracias a la red, la interbarrial del domingo siguiente contó con delegados de setenta asambleas.

En esos días nacían los primeros sitios dedicados a los cacerolazos, algunos de personas que por su cuenta quisieron crear un espacio para el debate y la difusión de las movilizaciones, otros de organizaciones globales. Las asambleas también crearon sus propias listas de discusión.

Esos sitios, las listas y las cadenas de mails fueron un marco paralelo a las asambleas para difundir diversos tipos de acciones con mejores o peores resultados: boicot a las empresas privatizadas -especialmente las telefónicas y las de energía eléctrica-, escraches, un mes de boicot contra el diario Clarín, jaqueo al sitio web de Ámbito Financiero -diario nacido al calor de la dictadura militar y vocero de los sectores más recalcitrantes-, campañas de concientización de compre argentino y revalorización de los pequeños comerciantes. También nacieron o crecieron sitios de defensa del consumidor y de deudores del sistema bancario.

En las listas de discusión se debaten planteos de reforma política, de establecimientos de comunas, o se eligen diputados y senadores a quienes apadrinar (esto es, comenzar a controlarlos y a exigirles definiciones mediante mails).

Desconocemos si hay estudios realizados sobre el aumento del tiempo de conexión a la web, pero no sería exagerado decir, por ejemplo, que el tráfico de correos electrónicos se quintuplicó.


El lado oscuro

Pero así como el movimiento asambleísta supo aprovechar Internet para difundir acciones y discusiones, también la reacción comenzó a usarla con distintos propósitos, algunos más groseros, otros más sutiles.

Democracia participativa, por ejemplo, es el nombre de un boletín electrónico que llega a mucha gente, como un documento de Word adjunto en el que aparecen recopilados artículos varios, la mayoría provenientes de la Fundación Stern. En el cuerpo del mail dan los temas que trata cada número, aparentemente identificados con los cacerolazos y las asambleas. Sin embargo, a la hora de las propuestas, las únicas que aparecen son las de Patricia Bullrich o Ricardo López Murphy, dos de los dirigentes que baraja el neoliberalismo para mantener el esquema económico que mantiene la Argentina desde 1976 bajo un barniz democrático.

En los sitios web abiertos, los Servicios de Inteligencia dedican tanto tiempo como la gente genuinamente interesada a desparramar basura. Nada serio: el propio lenguaje que utilizan los pone en evidencia y los descalifica.

Sí es preocupante es la aparición de mails que generan cadenas como el de una supuesta denuncia contra el programa de televisión Telenoche investiga. Según decía el mail, que rápidamente comenzó a circular y ser reenviado por todo el mundo, un equipo de investigación periodística había llegado a probar cómo las grandes empresas coimeaban al presidente Duhalde y varios de sus ministros a cambio de la licuación de sus deudas, pero fue despedido por el canal, perteneciente al grupo Clarín. Lo firmaba una joven y daba su número de documento.

La joven existe y su número de documento es correcto. Sólo que nunca trabajó en ningún programa de televisión.

Episodios como éste, además de causar alarma, dan una idea de hasta qué punto la Red vehiculizó y propagó la protesta. Lo hizo tan eficazmente que los sectores interesados en frenarlo comenzaron a utilizar por el costado más sensible: el de la credibilidad.

Y ése será el próximo desafío. Desde diciembre hasta ahora, Internet sirvió de nexo, de articulador entre decenas de protestas diferentes; se convirtió en el medio de comunicación al que se podía recurrir para tapar los gigantescos baches que dejaron los medios tradicionales y es un punto más de reunión para discutir propuestas y proyectos de país. Ahora que mostró a sus usuarios promedio que es mucho más que un difusor de publicidad y que ellos pueden convertirse en comunicadores y convocantes, deberá enfrentar la prueba del pescado podrido. En la medida en que los usuarios aprendan a separar la paja del trigo y la información veraz de la manipulada, podrá mantener un papel preponderante dentro de este movimiento que aún sigue naciendo.

En cuanto a sus limitaciones, todavía son las mismas: la falta de acceso a la Red de las mayorías. Puede sonar a sarcasmo cuando lo que le falta a medio país es comida y trabajo, pero así como en las asambleas se habla de organizar compras comunitarias o hacer padrones de desocupados del barrio, tal vez en algún momento pueda llegar a plantearse la organización de telecentros o de espacios comunitarios. Si Internet pasa la segunda prueba, quizá pueda llegar a intentar un salto tan ambicioso como el que aludimos.