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En
medio de los acontecimientos, en el ojo del huracán,
resulta difícil hacer un análisis sereno.
Pérdida del crédito internacional, confiscación
de los depósitos bancarios, un nivel de desocupación
no sólo alto sino de crecimiento casi exponencial,
estado de sitio, una respuesta espontánea y masiva
ante esa amenaza que concluyó con la caída
del ministro Domingo Cavallo -primero-
y del gobierno de Fernando De la Rúa al día
siguiente, la organización también espontánea
(al menos en sus comienzos) de las asambleas vecinales
en la Capital Federal y su propagación a las
provincias, dos presidentes provisionales y dos elegidos
por la Asamblea Legislativa, reclamos de juicio político
a la Corte Suprema, rumores de golpe de Estado, crisis
de crecimiento en las asambleas, pánico -y las
consiguientes amenazas y agresiones- por parte de los
caciques locales de las viejas estructuras partidarias
peronistas y radicales. Todo eso -más lo que
pueda haber quedado en el tintero- en menos de cuatro
meses.
Como
decíamos, en el centro de la tormenta es difícil
realizar un análisis sereno. Dentro de las tantas
aristas que tiene el fenómeno Argentina,
una muy importante para estudiar es el papel que jugó
Internet en esta situación cuyos alcances y evolución
todavía no podemos precisar. Porque la Red no
sólo funcionó -y funciona- como medio
de comunicación, sino que también se ha
convertido en campo de batalla.
En el principio fue un mail
Volvamos
un poco a aquellos días de diciembre, cuando
comenzaban a oírse las primeras protestas aisladas
en los barrios. El corralito de Cavallo afectaba
no sólo a los ahorristas sino a los pequeños
comerciantes y a los trabajadores en blanco, cuyos salarios
han sido bancarizados desde hace tiempo.
Habría
que aclarar que, con respecto a los ahorristas, el 96%
de los depósitos confiscados no superaba los
diez mil dólares (si subimos el tope a cincuenta
mil, estamos hablando del 98% de los depósitos).
O sea, que se trata en su mayoría de dinero provenientes
de ahorros genuinos, indemnizaciones por despidos o
por fallecimiento, productos de ventas de viviendas
que eran guardados para una compra posterior. En general,
dinero -digamos- no especulativo. Ése ya había
salido del país durante todo 2001.
¿Por
qué tantas aclaraciones? Si nos limitáramos
a la información ofrecida por los medios de comunicación
tradicionales, podríamos llegar a creer que el
gobierno de De la Rúa cayó por la furia
de los depositantes que querían que se les devolviese
su dinero: una verdad a medias que por eso mismo termina
siendo mentira.
La
aclaración es necesaria para entender que el
corralito fue sólo una gota, y ni siquiera la
que colmó el vaso, y comprobar de qué
manera la protesta -que tomó por sorpresa a muchos
descreídos-, en un principio inorgánica
hasta que se llegó al clímax del 19 de
diciembre, fue articulando su contenido gracias, entre
otras cosas, al uso de internet como herramienta de
comunicación.
En
esos días -cuando recién nacían
las primeras asambleas vecinales a partir de grupos
de vecinos que se vieron la cara durante dos o tres
cacerolazos en alguna esquina clave del barrio-, comenzaron
a circular cadenas de mails con datos más o menos
precisos, más o menos actualizados, más
o menos veraces, sobre distintos tópicos: direcciones
electrónicas de diputados y senadores nacionales,
beneficiarios de jubilaciones de privilegio, llamados
a movilizaciones contra la Corte Suprema, funcionarios
o empresas privatizadas.
Así
como en algún momento los medios tradicionales
ocuparon el lugar de la Justicia por su capacidad
de denuncia, en el cacerolazo la Red llenó el
vacío que dejaron los medios. Salvo honrosas
excepciones, los medios desinformaron acerca de las
jornadas del 19 y 20 de diciembre. Cubrieron los acontecimientos,
sí, pero siempre bajo el manto de la protesta
contra el corralito. Todavía hay que explicar,
especialmente a los extranjeros, que esa movilización
nocturna, espontánea y masiva que volteó
a Cavallo y a De la Rúa no fue producto del corralito
sino del anuncio del estado de sitio: apenas terminó
el discurso presidencial, a la hora de la cena, la gente
salió a la calle.
Entre
tanto, las cadenas de mails daban cuenta de que nacía
tal o cual asamblea, de que en tal o cual provincia
también había movilizaciones, de que los
diabéticos corrían peligro de muerte por
la falta de insulina, de que tal o cual hospital no
tenía medicamentos. En esas cadenas se comenzaba
a unir los fragmentos del rompecabezas que todavía
es nuestro país. Ningún diario ni canal
de televisión pudo o tuvo la intención
de vincular todos los acontecimientos para dar una idea
cabal del estado de movilización generalizado
en que está la Argentina, desde La Quiaca hasta
Tierra del Fuego.
Y después los sitios web
A
principios de enero, en Buenos Aires, se realizó
la primera asamblea interbarrial, a la que fueron respresentantes
de veintiséis asambleas autoconvocados mediante
Internet o por teléfono. La falta de cobertura
periodística no fue problema: gracias a la red,
la interbarrial del domingo siguiente contó con
delegados de setenta asambleas.
En
esos días nacían los primeros sitios dedicados
a los cacerolazos, algunos de personas que por su cuenta
quisieron crear un espacio para el debate y la difusión
de las movilizaciones, otros de organizaciones globales.
Las asambleas también crearon sus propias listas
de discusión.
Esos
sitios, las listas y las cadenas de mails fueron un
marco paralelo a las asambleas para difundir diversos
tipos de acciones con mejores o peores resultados: boicot
a las empresas privatizadas -especialmente las telefónicas
y las de energía eléctrica-, escraches,
un mes de boicot contra el diario Clarín, jaqueo
al sitio web de Ámbito Financiero -diario nacido
al calor de la dictadura militar y vocero de los sectores
más recalcitrantes-, campañas de concientización
de compre argentino y revalorización de
los pequeños comerciantes. También nacieron
o crecieron sitios de defensa del consumidor y de deudores
del sistema bancario.
En
las listas de discusión se debaten planteos de
reforma política, de establecimientos de comunas,
o se eligen diputados y senadores a quienes apadrinar
(esto es, comenzar a controlarlos y a exigirles definiciones
mediante mails).
Desconocemos
si hay estudios realizados sobre el aumento del tiempo
de conexión a la web, pero no sería exagerado
decir, por ejemplo, que el tráfico de correos
electrónicos se quintuplicó.
El lado oscuro
Pero
así como el movimiento asambleísta supo
aprovechar Internet para difundir acciones y discusiones,
también la reacción comenzó a usarla
con distintos propósitos, algunos más
groseros, otros más sutiles.
Democracia
participativa, por ejemplo, es el nombre de un boletín
electrónico que llega a mucha gente, como un
documento de Word adjunto en el que aparecen recopilados
artículos varios, la mayoría provenientes
de la Fundación Stern. En el cuerpo del mail
dan los temas que trata cada número, aparentemente
identificados con los cacerolazos y las asambleas. Sin
embargo, a la hora de las propuestas, las únicas
que aparecen son las de Patricia Bullrich o Ricardo
López Murphy, dos de los dirigentes que baraja
el neoliberalismo para mantener el esquema económico
que mantiene la Argentina desde 1976 bajo un barniz
democrático.
En
los sitios web abiertos, los Servicios de Inteligencia
dedican tanto tiempo como la gente genuinamente interesada
a desparramar basura. Nada serio: el propio lenguaje
que utilizan los pone en evidencia y los descalifica.
Sí
es preocupante es la aparición de mails que generan
cadenas como el de una supuesta denuncia contra el programa
de televisión Telenoche investiga. Según
decía el mail, que rápidamente comenzó
a circular y ser reenviado por todo el mundo, un equipo
de investigación periodística había
llegado a probar cómo las grandes empresas coimeaban
al presidente Duhalde y varios de sus ministros a cambio
de la licuación de sus deudas, pero fue despedido
por el canal, perteneciente al grupo Clarín.
Lo firmaba una joven y daba su número de documento.
La
joven existe y su número de documento es correcto.
Sólo que nunca trabajó en ningún
programa de televisión.
Episodios
como éste, además de causar alarma, dan
una idea de hasta qué punto la Red vehiculizó
y propagó la protesta. Lo hizo tan eficazmente
que los sectores interesados en frenarlo comenzaron
a utilizar por el costado más sensible: el de
la credibilidad.
Y
ése será el próximo desafío.
Desde diciembre hasta ahora, Internet sirvió
de nexo, de articulador entre decenas de protestas diferentes;
se convirtió en el medio de comunicación
al que se podía recurrir para tapar los gigantescos
baches que dejaron los medios tradicionales y es un
punto más de reunión para discutir propuestas
y proyectos de país. Ahora que mostró
a sus usuarios promedio que es mucho más que
un difusor de publicidad y que ellos pueden convertirse
en comunicadores y convocantes, deberá enfrentar
la prueba del pescado podrido. En la medida en
que los usuarios aprendan a separar la paja del trigo
y la información veraz de la manipulada, podrá
mantener un papel preponderante dentro de este movimiento
que aún sigue naciendo.
En
cuanto a sus limitaciones, todavía son las mismas:
la falta de acceso a la Red de las mayorías.
Puede sonar a sarcasmo cuando lo que le falta a medio
país es comida y trabajo, pero así como
en las asambleas se habla de organizar compras comunitarias
o hacer padrones de desocupados del barrio, tal vez
en algún momento pueda llegar a plantearse la
organización de telecentros o de espacios comunitarios.
Si Internet pasa la segunda prueba, quizá pueda
llegar a intentar un salto tan ambicioso como el que
aludimos.
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